Los hijos: una proyección de los padres

¿Se puede predecir cómo serán los hijos de una persona? ¿Qué se puede inferir de la personalidad de los padres conociendo a los hijos?

por Jonathan Berim – Twitter: @JonathanBerim

Hace algunos años, participe del homenaje post mortem (esped, darush) de un miembro de la comunidad judía de Argentina. El encargado de disertar esa noche, fue un conocido rabino de Buenos Aires, muy cercano a los hijos del difunto. El problema, como el rabino mismo confesó al comenzar a hablar,era que no había tenido oportunidad de conocer al difunto.

¿Cómo iba a homenajear verazmente a una persona que no conoció?

“Conocer a los hijos, es la mejor forraizma de conocer a una persona, incluso mejor que conocer a la persona directamente”. Así abrió la disertación. ¿Era una verdad o una justificación?

La personalidad de cada persona es amplia y compleja; sentimientos, gustos, aspiraciones, cualidades humanas, son solo algunos de los aspectos que la conforman. Muchas veces la persona se esfuerza especialmente en mostrar algunos aspectos y en ocultar otros no tan convenientes. Uno termina conociendo la parte de la persona que el otro desea que sea conocida. Una imagen parcial.

No es asi el caso de los hijos quienes reciben de los padres, la totalidad de la personalidad de los mismos; y pasarán el resto de sus vidas, desarrollando dichos aspectos de manera casi automática, muchas veces incluso subconscientemente. Con la excepción que ocurre en una minoría de casos: que creen una oposición a dichos comportamientos y trabajan para contrarrestarlos. Aun asi la personalidad de los padres es el punto de partida (en lenguaje de nuestros sabios “zejut abot” – más detalles en la nota “El punto de partida”).

Heredan los aspectos de la personalidad pero no los filtros. Y cuanto más cantidad de hijos uno conoce, más fidedigna es la imagen del padre que se puede crear.

Esta enseñanza se aprende de varios lugares de la Torá, entre ellos el comienzo de la porción de Ki Tetzé. La misma comienza con la legislación sobre tres situaciones atípicas (prácticamente teóricas) y la relación que hay entre ellas nos deja profundas enseñanzas. [Cada una de estas situaciones merece una nota propia para entenderlas correctamente pero vamos a limitarnos a citarlas brevemente para no perder el hilo del análisis.]

La primera de ellas es la iefat toar, la mujer bella. Muchas mujeres gentiles cuya ciudad de residencia era invadida, optaban por producirse para seducir a los soldados enemigos y así salvar su pellejo. El soldado judío, bajo la tensión de la batalla y ante la presencia de una de esas mujeres, podía llegar a desear a una de ellas. La Torá establece normas para desincentivar dicha relación (si bien lo ideal sería prohibir dicha unión rotundamente, la Ley Divina toma en consideración la psiquis humana y contempla las fortalezas y debilidades a la hora de legalizar – Ver “Ley humana – Ley Divina”) .

El segundo es el caso de un hombre que desposó a dos mujeres (la poligamia nunca fue una primera opción en el judaísmo encontrándose ahora prohibida completamente) y con el tiempo, desarrolla un profundo amor por una de ellas y un intenso odio hacia la otra. La Torá condena dicha situación y establece que no puede hacer diferencias entre los hijos de ambas.

El tercero es el caso del ben sorer y moré, el hijo rebelde. Un joven de 13 años que se deja gobernar por sus instintos, convirtiéndose en glotón y bebedor. Sus conductas alimenticias adictivas, lo llevan a dilapidar el dinero de sus padres para satisfacerlas e incluso, ante la falta de dinero, a asaltar y matar para satisfacer sus deseos.

Rashi, el principal exégeta bíblico, aclara que la sucesión de casos en el relato es premeditada. Quien se ve seducido por la iefat toar y la toma por esposa, termina sintiendo por ella un profundo odio y rechazo y como fruto de dicha relación insana sale un ben sorer u moré.

El rab Jaim Shmuelevitz (Sijot Musar 5733, discurso 95) explica cómo pasa de la atracción por la iefat toar al odio. Este hombre nunca amó a la mujer cautiva de guerra. Siempre se amo a sí mismo y busco satisfacer el deseo que generó la atracción por dicha mujer. Esto es definido por nuestros sabios como un amor interesado, se termina el interés, de esfuma el amor. Y es el odio quien suple el vacío creado por la ausencia de amor.

“No sea que haya entre ustedes una raíz que florece hiel” (Nitzabim 29:17). Al respecto escribe el Ramban: “Porque el padre es la raíz y el hijo es el tallo que surge y florece de la misma”. Una pequeña raíz en el padre, tiene el potencial de  hacer florecer un gran árbol en las generaciones futuras. Así son los desvíos, son imperceptibles al principio, para luego convertirse en distancias gigantescas.

En este padre teórico, vemos una raíz de desviarse de hacer lo correcto para seguir sus instintos. En el hijo floreció al extremo de no tener límites a la hora de satisfacer sus impulsos y terminar convertido en una persona deplorable.

Este concepto aplica también para el aspecto positivo. El Talmud (Iomá 47a) pregunta sobre una mujer llamada Kimjit que tuvo el mérito que todos sus 7 siete hijos sirvieran como sumo sacerdote en el Beit Hamikdash (Gran Templo de Jerusalem). Responde que se debió al comportamiento extremadamente modesto de dicha mujer.

Todos somos raíces. Depende de con que potencial nos carguemos, que florecerá de ellas.

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