En busca de la juventud eterna

¿Qué tienen en común: Indiana Jones, la vieja bruja llamada Gothel de Rapunzel, el retrato de Dorian Grey, las empresas de cosméticos y los cirugías plásticas?

por Jonathan Berim – Twitter: @JonathanBerim

Indiana Jones, el mítico arqueólogo de George Lucas y Steven Spielberg, pasa su tercera aventura buscando, a través del mundo entero y sorteando extremos peligros, un cáliz “sagrado” con un poder único: dar vida eterna a quien beba del mismo. Grandes relatos de ficción y películas cinematográficas abordaron la idea: la posibilidad de lograr la juventud eterna. Vencer el paso del tiempo deteniendo el envejecimiento.

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Harrison Ford en Indiana Jones y la Última Cruzada

Más allá de la ficción, grandes investigaciones a lo largo de la historia buscaron (y continúan buscando) dar con un elemento que logre dicho objetivo, desde nigromantes hasta biólogos moleculares, pasando por alquimistas y químicos.

Hace no mucho tiempo, en un viaje por Europa, me topé con una remera que decía: “No tengo 50 años, tengo 18 con 32 de experiencia. Su significado es alarmante: tener 50 años “está mal”; tener 18 “está bien”. La juventud es buena, la vejez es mala. Esta idea está fuertemente arraigada en nuestra sociedad.

En la actualidad miles de millones de dólares son utilizados al año en compra de cosméticos y en la realización de cirugías (muchas veces con serias complejidades) para ocultar el paso del tiempo. Dinero, tiempo, esfuerzo, riesgos; todo es secundario a la hora de poder aparentar ser más joven.

¿Qué opina el judaísmo al respecto?
El Talmud nos dejará perplejos con su enseñanza al respecto: Abraham, nuestro patriarca, ¡pidió signos de envejecimiento! Hasta la época de Abraham, el paso del tiempo era prácticamente indetectable a la vista. No había arrugas, ni flacidez, no había canas, ni calvicie… era imposible suponer la edad de una persona.

50-son-18-con-3El parecido entre padre e hijos era sorprendente; a las coincidencias genéticas se le sumaba la falta de signos de vejez. Particularmente, Abraham y su hijo, Itzjak, eran dos gotas de agua. Provocaban una confusión tal, que el interlocutor no podía saber con cuál de los dos estaba hablando. Fue así que Abraham pidió a Dios que existan dichos signos y le fue concedido su pedido (Talmud Baba Metzia 87a).

En nuestra época y entorno donde se glorifica la juventud, ¿cómo puede entenderse tal pedido?

El Rab Desler enseña que el ciclo del año es, justamente, un camino circular que la persona transita año a año, repitiendo las estaciones. Rosh hashana, Iom Kipur, Sukot, Jánuca… hasta llegar al mes de Elul y volver a comenzar. Es como un carrusel (calesita) de plaza donde el motor hace que uno vuelva al mismo lugar luego de cierto tiempo. ¿Cómo se hace entonces para no caer en la monotonía de la rutina? ¿De qué sirve repetir una y otra vez los mismos pasos?

No es el mismo Pesaj el que se festejó a los 4 años, siendo un curioso niño, haciendo, quizás, la cuatro preguntas en la mesa de los abuelos; que el Pesaj vivido a los 15 en plena efervescencia adolescente. Tampoco es igual el Pesaj de los 25 años, ya llegando a la adultez, que el Pesaj de los 40 ya mucho más maduro. Y así es en toda la vida.

La respuesta es que hay algo que cambia (o debería cambiar) constantemente en dicha imagen: nosotros! Cada momento de vida es una enseñanza, cada etapa nos puede aportar algo que nos enriquecerá para siempre.

Gastón era un estudiante aplicado en su secundaria. Llegó el momento de elegir carrera y no tuvo dudas: medicina. Su vocación lo llevó a dedicarse a curar a las personas. Empezó el primer año de carrera y los obstáculos no dejaban de aparecer: materias complicadas, horarios difíciles, cansancio, el trabajo, se sentía en un túnel que no tenía fin. Días y noches enteras estudiando, pero siguió y siguió. Con mucho esfuerzo logró terminar el año aprobando todas las materias. Luego el segundo y el tercero; el cuarto y el quinto. Así fue como un día, como cualquier otro, descubrió que estaba rindiendo el último examen. Fiel a su costumbre, había llegado y bien preparado. Y así fue que lo logró. Un nuevo médico estaba ahora listo para cumplir con su vocación.

Gastón no es sobrenatural. Es un hombre como todos nosotros. Sólo que el supo aprovechar cada año, cada mes, cada minuto de ese largo período y cumplir su objetivo.

Cada etapa de la vida tiene sus particularidades únicas e irrepetibles. Así es el tiempo, único e irrepetible. Somos nosotros los que debemos apreciarlo y aprovecharlo. Si así lo hacemos, convertiremos el círculo del año en una espiral, volveremos a las mismas estaciones pero “un piso más arriba”.

Será nuestro crecimiento el que proporcione una nueva óptica para ver el mundo. Y nada será lo mismo.

Podremos así valorar cada etapa de la vida tal cuál es, será más real, más útil y, claramente, más placentero.

Refua sheleima: Tzipora bat Iehudit Zizele

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