Un servicio extraño II

por Jonathan Berim (Twitter: @JonathanBerim)

Es una delgada línea la que separa el servicio divino del culto ajeno –Avodá Zará-. Como dijimos en la primera parte, todas nuestras buenas acciones son el cuerpo y su intención intrínseca es el alma, la fuente de energía de las mismas. Un cuerpo sin alma no tiene razón de ser. Una acción encomendada por Di-s, incluso con nuestras mejores intenciones, sin su respectivo complemento intelectual puede derivar en un error de los más graves.

Tenemos un claro ejemplo en esta semana, en el ayuno del 17 de Tamuz. Dice el versículo sobre la gente de la cuidad de Ninvé (a la cual fue enviado el profeta Ioná para enderezar el camino de los habitantes de la misma) “y Di-s vio sus actos”. Enseñan nuestros sabios al respecto que no está escrito que Di-s vio “Su ayuno y ropa de arpillera” sino “Sus actos”, porque el ayuno no es más que un medio para la Teshubá – el retorno a Di-s. Quedarse solo con el ayuno es perder el rumbo que el judaísmo marca. Como venimos diciendo, uno está practicando lo que cree que dicta el judaísmo, pero en la realidad no es así.

Existe el precepto conocido por todos de tocar el Shofar en Rosh HaShaná (y durante el mes de Elul para los Ashkenazim). Sabiendo qué simboliza y cuál es su objetivo puede refinarnos espiritualmente y despertar nuestro retorno íntegro a Di-s; pero, sin contenido, pasa a ser un sonido más de los escuchados durante el día, sin diferencia alguna entre el mismo y la bocina de un automóvil en la calle. No hace falta reiterar la gravedad de quien, aparte de lo ya mencionado, cree que el Shofar mismo tiene una fuerza propia para lograr nuestro retorno hacia Di-s.

Esto puede compararse con la famosa parábola del campesino que tuvo que ir a la gran ciudad. Estando en las calles de la misma vio como se desataba un gran incendio en una residencia. Inmediatamente comenzaron a chillar sirenas y en pocos instantes apareció una dotación de bomberos que apagó el fuego. De vuelta en su pueblo, quiso mostrar la novedad aprendida. Reunió a todos frente al granero y lo prendió fuego. La gente comenzó a desesperarse y el hombre, muy tranquilo, sacó su campanilla recién adquirida y, lleno de orgullo, la hizo repicar esperando la aparición de los bomberos. El pobre hombre y todo el pueblo debieron sufrir la perdida de toda su cosecha.

Pueden nuestras intenciones ser de lo mejor, pero nuestra ignorancia nos lleva a convertir una acción completamente meritoria en una importante falta.

Existe otro grave error que también se centra en atribuir poderes especiales a seres humanos (que no es distinto de atribuírselos a un material inerte como las estatuas de la antigüedad). Muchos recurrimos alguna vez a algún sabio para recibir una bendición o a la tumba de algún justo para rezar allí. Vimos en la Perashá de Shelaj Lejá que Kalev se separó del resto de los espías, que mandó Moshé a explorar la tierra de Israel, y fue a la antigua ciudad de Jebrón. Explica la Guemará (Sotá 34b) que fue hasta allí para volcarse sobre las tumbas de los patriarcas y les dijo a ellos: “padres míos, pidan piedad sobre mí para que sea salvado del plan [del resto de] los espías”. No les dijo que lo hagan, sino que pidan a Di-s por él. No debe nunca la persona atribuir a la persona que lo bendice o al difunto al que le reza algún poder sobrenatural de modificar la realidad.

No existe nada ni nadie fuera de Di-s que pueda alterar la realidad. Entonces, ¿por qué se recurre a justos para que nos bendigan o se reza en la tumba de algún hombre recto? Como estas personas lograron en su vida crecer espiritualmente y acercarse más a Di-s viviendo de acuerdo a sus mandatos (objetivo que todo ser humano debe perseguir en vida), estar en su cercanía se convierte en una fuente de inspiración. El aprender de su ejemplo nos permite continuar creciendo. Y este progreso, a su vez, nos ayudar a aumentar nuestros méritos y ser escuchados.

Continuará …

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