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Matt Damon explotó contra Netflix… ¿y si todos nos estamos ‘netflixando’? 🎬

por Rab. Jonathan Berim – Leilui nishmat Iaacov ben Abraham Tzvi

🎬 Cuando el cine se transforma en TikTok

En medio de la promoción de su nueva película, el actor Matt Damon participó del podcast de Joe Rogan, junto a su socio y coestrella Ben Affleck, y dejó una frase que generó bastante ruido en la industria. Según contó, desde Netflix les sugirieron incluir una escena impactante en los primeros minutos de la película. No como un recurso artístico, sino como una necesidad estratégica: lograr que el espectador no abandone.

La frase es simple, pero el trasfondo es profundo. Durante décadas, el cine se construyó sobre una lógica narrativa clara: desarrollo progresivo, construcción de personajes y un clímax que justificaba el recorrido. Hoy, esa lógica empieza a ceder ante otra mucho más inmediata: captar atención rápido, antes de que el espectador decida irse.

No es difícil entender por qué. Ya no estamos sentados en una sala de cine, sin distracciones. Estamos en el living, con el celular en la mano, rodeados de estímulos que compiten constantemente por nuestra atención. En ese contexto, el contenido deja de pensarse como una experiencia completa y empieza a diseñarse como una serie de ganchos.

La pregunta que surge es inevitable: ¿esto es una evolución natural del lenguaje audiovisual o una simplificación forzada por los hábitos de consumo? Porque una cosa es adaptar el formato a nuevas realidades. Otra muy distinta es empezar a construir historias desde la ansiedad del espectador. Y ahí es donde el cine corre el riesgo de dejar de ser cine… para convertirse en otra cosa.


📱 La atención fragmentada no es un detalle: es el centro del problema

El segundo pedido que recibieron de parte de Netflix fue que la trama sea repetida en la historia 3 o 4 veces. Por los espectadores que están todo el tiempo distraídos con sus teléfonos. Sería cómodo pensar que el cambio viene impuesto únicamente por plataformas como Netflix. Pero lo cierto es que el fenómeno es mucho más amplio, y bastante más incómodo.

El problema no está solo en cómo se produce el contenido, sino en cómo lo consumimos.

Hoy es perfectamente normal ver una serie mientras se responde un mensaje, se revisa una red social o se atiende otra pantalla. La atención ya no es lineal. Es fragmentada, interrumpida, dispersa. Y esa forma de consumir no es neutral: termina moldeando el tipo de contenido que se crea.

Si el espectador promedio abandona en segundos, el contenido se adapta a eso. Si se distrae, se le repite la información. Si pierde interés, se le ofrece un nuevo estímulo. No porque sea mejor narrativamente, sino porque es más efectivo en términos de retención.

Esto no empezó ahora. El “zapping” ya había introducido esa lógica en los televidentes de la televisión. Pero lo que antes era una posibilidad, hoy es el estándar. La diferencia es la velocidad, la cantidad de opciones y la facilidad para abandonar. Y como la producción de contenido es alterada por ello.

En ese contexto, la profundidad pasa a ser un riesgo. Y la simplicidad, una ventaja competitiva.

La consecuencia es clara: cada vez más contenido pensado no para ser comprendido en su totalidad, sino para sobrevivir a una atención que no termina de asentarse.

Entonces aparece una tensión inevitable: ¿Qué lugar queda para las ideas complejas en un entorno que premia lo inmediato?


⚖️ Adaptarse o diluirse: una decisión que ya no es solo del cine

El fenómeno que describió Matt Damon no se limita al cine. En realidad, es un reflejo de algo mucho más amplio que atraviesa prácticamente todos los ámbitos donde se transmite contenido.

Educación, divulgación, liderazgo, incluso el mundo judío: todos enfrentan hoy el mismo dilema. ¿Hasta qué punto es correcto adaptar el mensaje a las nuevas formas de consumo? ¿Y en qué momento esa adaptación empieza a vaciar el contenido?

Porque la tensión es real. Por un lado, existe una necesidad legítima de llegar a más personas. De comunicar mejor. De no quedar desconectado de la realidad. Pero por otro, existe el riesgo de empezar a priorizar aquello que funciona por encima de aquello que es verdadero o importante.

No todo lo valioso es popular. Y no todo lo popular es valioso.

Cuando el éxito se mide únicamente en términos de alcance o viralidad, es muy fácil empezar a ajustar el mensaje para hacerlo más digerible, más rápido, más atractivo. El problema es que, en ese proceso, muchas veces se pierde lo esencial.

En el mundo judío esto también se ve. Clases más cortas, mensajes más simplificados, contenidos diseñados para ser compartidos. Nada de eso es necesariamente negativo. El problema aparece cuando, en nombre de la accesibilidad, se empieza a resignar profundidad.

Adaptarse no es lo mismo que diluirse. Y esa diferencia, aunque sutil, es crítica.


📜 Cambiar la forma sin tocar la esencia

La tradición judía ofrece una perspectiva interesante sobre este dilema, porque es una tradición que siempre supo adaptarse sin perder su núcleo.

A lo largo de la historia, la forma de enseñar y transmitir la Torá cambió muchas veces. No solo en el idioma, sino también en el enfoque, en los conceptos y en las herramientas utilizadas. Sin embargo, hay algo que se mantuvo constante: la integridad del mensaje.

El rab Volwe (Ale Shur II, Portón II, Capítulo I) encuentra un ejemplo en los orígenes del estudio y trabajo sistemático de la ética y la moral que empezó con Rabí Israel Salanter (1809-1883): el primer y gran maestro del musar. Rab. Israel puso el foco en la ética como eje central. Su principal discípulo y continuador, Rab. Simcha Zissel Ziv, entendió que su generación necesitaba incorporar también sabiduría, por eso llamó a su obra “Jojmá uMusar”. Más adelante, Yerucham Levovitz, quién continuó la cadena de transmisión, al pasar por escrito sus enseñanzas llamó a la obra: “Daat Jojmá Umusar”. En su generación ya no alcanzaba con la ética y la sabiduría, hizo falta que agregue “daat”, la capacidad de integrar y procesar.

Cada generación ajustó el enfoque. Pero ninguna cambió el contenido esencial.

Esa es una distinción clave.

Podemos inferirlo del mismo Talmud que enseña: “Haz de tu Torá algo fijo” (Pirkei Avot 1:15). Lo fijo no es el formato, sino la verdad que se transmite. El modo puede variar. La esencia, no.

Esto permite entender que el cambio no es un problema en sí mismo. De hecho, es muchas veces necesario. El problema aparece cuando el cambio deja de ser un medio para comunicar mejor… y se convierte en un fin en sí mismo.

Ahí es donde se pierde el equilibrio.


🎯 El riesgo de crear para una audiencia que ya no está

Volviendo al punto de partida, una de las observaciones más llamativas del relato de Matt Damon es el pedido de repetir la trama varias veces dentro de una misma película. No como recurso artístico, sino como respuesta a un supuesto: que el espectador probablemente no esté prestando atención.

Esa idea, llevada al extremo, plantea una paradoja interesante. Si el contenido se diseña pensando en una audiencia distraída, entonces deja de exigir atención. Y si deja de exigir atención, refuerza la distracción.

Es un círculo que se retroalimenta.

La pregunta entonces ya no es solo qué tipo de contenido queremos crear, sino qué tipo de espectadores estamos formando. Porque cada decisión narrativa no solo responde a un comportamiento: también lo moldea.

Desde la perspectiva judía, el aprendizaje siempre implicó presencia. Atención real. Compromiso con lo que se está escuchando o estudiando. No como una exigencia arbitraria, sino como una condición necesaria para que algo tenga impacto. Como el relato del Talmud (Iruvin 54b) donde el alumno de Rab. Perida necesitaba que se repitan cada enseñanza 400 veces para poder comprenderla. Incluso una vez no alcanzaron las 400 veces ya que no puso su completa atención.

En ese sentido, quizás el desafío no sea simplemente adaptarse a la falta de atención, sino también intentar recuperarla.

Porque una buena historia, bien contada, tiene la capacidad de hacer algo cada vez más escaso: lograr que alguien deje de mirar todo lo demás… y preste atención de verdad.

Hace ya miles de años que somos los portadores del estandarte de la Torá. Una enseñanza de vida, eterna y fundamental. Ahora enfrentada al ‘efecto Netflix’ que es sumamente peligroso. No dejemos que la ‘netflixación’ afecte negativamente a nuestra vida, a nuestra sociedad y a nuestro judaísmo.

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